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La AutoBRESH en Obras: bailar desde el auto, con libertad, barbijo y sin prejuicios

La propuesta se convirtió en un fenómeno de convocatoria virtual durante la pandemia, y se sigue reinventando, ahí nomás de lo que fue el “Templo del rock”.

La Fiesta BRESH, que nació como una ocurrencia de un grupo de amigos en 2016, que ante la aparición de la pandemia de Covid 19 recalculó a BRESH en casita para convertirse en un fenómeno de convocatoria en cuarentena con noches de más de 80 mil personas conectadas a su Instagram y que luego adoptó el formato BRESH TV desde el escenario de Niceto, marcó el fin de semana pasado un nuevo “hito” en su reinvención, con su doble jornada de AutoBRESH.

La primera de ellas, realizada el sábado en el predio que Obras Sanitarias transformó en un “autocine” durante este tiempo de aislamiento -la segunda fue el domingo en el Mandarine Park- agotó sus entradas un par de semanas antes de que se abriera el portón del predio de Avenida del Libertador.

Dentro, la propuesta de la AutoBRESH es simple y contundente. La producción, en cambio, se las trae. En el centro de un gran escenario enmarcado por una pantalla gigante, una enorme mesa/tarima sobre la cual los anfitriones arengan, bailan y perrean fuerte, sirve de base de operaciones de los DJs, que disparan con artillería bailable pesada.

Una pantalla inmensa como fondo de escenario, desde donde un "equipo" de DJs se encarga de que la intensidad decayera ni un instante. /Foto Gentileza Prensa

Una pantalla inmensa como fondo de escenario, desde donde un “equipo” de DJs se encarga de que la intensidad decayera ni un instante. /Foto Gentileza Prensa

El reggaetón y la cumbia van en punta, interferidos por pasajes en los que se puede colar algún clásico de Disney, un angelical Robbie Williams, algo de Tini y una larga lista de intérpretes que confieso desconocer en su mayor parte.

Del otro lado, es decir de éste, 140 vehículos con cinco personas como máximo cada uno se transforman en improvisados -o no tanto- espacios para bailar. Cada uno elige su plan: algunos trepados a los techos, otros sacando sus cuerpos a través de las ventanillas, varios privilegiados sobre las cajas de sus camionetas y allá atrás, la caja de un furgón es el salón VIP en el que se menea una pareja.

El que tiene una ventana al cielo o un convertible lleva ventaja. La consigna general apunta a los pies: el que pisa tierra firme, pierde. La penitencia es que alguien de “seguridad” se acerque con inusual amabilidad para que nadie olvide que la idea es cuidarnos entre todos. “”Chicos, por favor, el barbijo…” ¿Ok? La bebida corre por cuenta de los invitados.

Una postal de cómo se sale a bailar con distanciamiento y motorizado: la nueva normalidad es así. /Foto Gentileza Prensa

Una postal de cómo se sale a bailar con distanciamiento y motorizado: la nueva normalidad es así. /Foto Gentileza Prensa

Para saber cómo es salir a bailar en época con protocolos y socialmente distanciados, a dos horas del inicio de su versión de sábado la AutoBRESH ofrece una buena postal. Una brisa perfecta colabora para que el papel picado se mantenga en el aire mientras los bocinazos se suman a la música. ”¿Qué onda guacho?”, grita alguien, amplificado. Y casi todos responden, con más gritos.

Mientras, sobre una plataforma rodante con tracción a sangre varios de los DJ -el plantel completo incluye a Broder, Juanfran, Gollo, Pablo Monti, Ruidito, Kinara Paco, Html, Antonela Fiorucci y Juane Rodriguez- recorren los anchos “pasillos” que separan las líneas de autos que apuntan al frente, y te llevan el agite bien cerca tuyo -a más de 2 metros, claro- por un ratito. Algo así como el escenario chiquito del Bridges to Babylon de los Stones, pero fatto in casa.

“Me tienes loco por tu movimiento, donde sea que ahora miro estás tú”, dice el track que suena ahora. En verdad, las letras son lo de menos. La ropa, no tanto. De los brillos que luce la chica sentada en el techo del auto japonés aparcado (huellas que deja tanto reggaetón…) detrás nuestro a las bermudas del señor con barba que bailotea sentado sobre el capó de su Jeep un poco más allá, media un universo estético. También generacional.

El escenario B, una manera de acercar a los protagonistas de la propuesta a los "invitados" a la fiesta. /Foto Gentileza Prensa

El escenario B, una manera de acercar a los protagonistas de la propuesta a los “invitados” a la fiesta. /Foto Gentileza Prensa

Lo bueno es que a nadie parece importarle demasiado -más bien nada- ni cuántos años cargan, lo que usan o hacen los demás. Ni el pelo, ni el pasito, ni la indumentaria, ni el humito, ni los zapatos… Tampoco el auto. Cambia el lugar, cambia la forma, pero la BRESH mantiene su espíritu y principio esenciales: los prejuicios quedan del lado de afuera y el respeto por la diversidad es ley.

“Hasta abajo papi, mueve el trasero…” Sobre el escenario perrean tres: dos ellas y un él. “Dame duro, dame duro, papi…”, y sigue El Meneaito. Cuando suena Ráfaga, el “mentirosa” se escucha en todo Núñez. De a ratos, el “encuentro” es como una gran fiesta de casamiento, pero motorizada. En otros, no es más que una noche de “libertad” en una era con algunas restricciones.

Sensación rara, la de pensar que a unos metros de acá, en el gimnasio cubierto de este mismo club, el 3 de noviembre de 1978 Serú Girán presentaba su primer disco y dejaba inaugurado de manera oficial un espacio en el que de a poco se irían incubando otras libertades, mucho más urgentes, en respuesta a otras restricciones, mucho más apremiantes.

Ahí nomás de donde el rock argentino instauró su "templo", una manera de cultivar nuevas libertades, con protocolo. /Foto Gentileza Prensa

Ahí nomás de donde el rock argentino instauró su “templo”, una manera de cultivar nuevas libertades, con protocolo. /Foto Gentileza Prensa

Eran tiempos en los que las consignas poco tenían que ver con tocar o no el suelo, la amabilidad de parte de quienes “custodiaban el orden” no era parte del protocolo y nada que tuviera que ver con la “seguridad” oficial nos daba ni nos daría por mucho tiempo algo de eso.

Tiempos sin redes, en los que más que llevarse imágenes en un celular, uno mismo era el que podía ser metido en esos camioncitos que vaya a saber uno por qué se llaman igual, para terminar guardado en una seccional. O peor. Y en los que la la masculinidad de las voces de los artistas podía definir la valoración de recitales en los que cada palabra sí importaba, y mucho.

Es que las mordazas aprietan y lastiman mucho más que los barbijos, y no nos proteje de ningún virus. Y eso es bueno recordarlo. Siempre.

Desde el escenario, una imagen impensada hasta hace unos meses, y que poco a poco parece incorporarse a la normalidad. /Foto Gentileza Prensa

Desde el escenario, una imagen impensada hasta hace unos meses, y que poco a poco parece incorporarse a la normalidad. /Foto Gentileza Prensa

El paso de los años bautizó esa caja de zapatos como el Templo del Rock, y por un buen rato tocar ahí fue como acariciar el cielo con las manos. Ya no. Signo de los tiempos, uno piensa, mientras lo que se escucha ahora acá suena y se ve tan distinto.

Entonces, un par columnas de humo se despegan del piso del tablado como si Gene Simmons y Paul Stanley de Kiss estuvieran por aparecer en escena y un ventilador gigante casi enfrentado a mi Kangoo le da vuelo al vestuario de “les perreadores” de turno. Acá, en el tiempo presente, la AutoBRESH sigue su curso, y es una fiesta que invita a sumarse, le hacemos caso al García en el ’84 y… “¡vamo’ a baila’!”.

Fuente: Clarín

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