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Volvieron las ferias de libros usados, pero el ritual de revolverlos está prohibido

Los puesteros dicen que sin esa ceremonia sus ventas cayeron, porque la gente necesita buscar y “ver qué encuentra”. Por eso, algunos rompen la regla. Pero la mayoría sigue el protocolo para evitar contagios de Covid.

Una coreografía manual que, de tan repetida, se hace invisible: una mano que sostiene la columna de libros en la bandeja de usados, la otra que va apilando uno a uno los títulos, de atrás hacia adelante, después de que ya se ojeó el nombre de la obra o el autor. Un ritual de los habitués de ferias que en tiempos de pandemia está prohibido. Hoy muchas pilas se hacen de costado, lomo a la vista, que no haga falta tocar.

“Yo no dejo que nadie agarre los libros”, cuenta Mariela detrás del tapabocas fucsia, detrás del mostrador verde, detrás de esa cinta blanca y roja que rodea su puesto 5 de la feria Primera Junta, en la plazoleta que arranca en Rivadavia y Del Barco Centenera, Caballito. A unos metros, un cartel del Gobierno de la Ciudad indica: “Por tu seguridad, no toques los libros”. Ese es, para ella, uno de los motivos por los que les bajaron tanto las ventas. “La gente quiere meterse a revolver, ponerse a ver qué encuentra, pero por ahora hay que trabajar así”.

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Como tantos otros rubros, el de libros viene a mal traer con la cuarentena. Los libreros de ferias no son la excepción: la mayoría pudo reabrir el 19 de mayo, pero debió bajar persiana otra vez en Fase 1, en julio. Los de Plaza Italia tuvieron su segundo cierre más temprano, a fines de mayo, por estar en un eje de alta circulación. Con la cuarentena escalonada todos volvieron al ruedo.

Un regreso necesario, aunque por ahora sin su ingrediente clave: tocar los libros, husmear, sorprenderse. Pese a que algunos puesteros todavía lo permiten, el protocolo lo prohíbe porque aún se considera que el virus puede estar activo en superficies horas o días. Es por eso que muchos exhibidores están cubiertos por nylon, o disponen sus títulos con el lomo a la vista. Además, tanto vendedores como clientes deben llevar tapabocas y respetar los dos metros de distancia.

Todas las ferias de libros funcionan de lunes a viernes. Las de Plaza Houssay, Parque Rivadavia, Plaza Lavalle y Plazoleta Tango (Alem y Perón) abren de 11 a 17. Las de Parque Patricios, Plaza Italia (denominada Plazoleta Santa Fe), Parque Centenario y Plaza Primera Junta, de 12 a 18.

También en Caballito pero antes de Acoyte está la feria del Parque Rivadavia, sobre Beauchef, esa calle que se abrió polémicamente hace unos meses pero por presión de los vecinos sigue siendo peatonal. Un día par funcionan sólo 27 de sus 100 puestos. Preguntarle al feriante por el local cerrado de al lado ya es la norma. La respuesta, prediseñada, también: “No está, viene mañana”.

La feria de Parque Rivadavia. Los feriantes dicen que hay poco movimiento, pero que abrir es una ayuda para su economía. La mayoría optó por vender online cuando empezó la cuarentena. Foto: Juano Tesone
La feria de Parque Rivadavia. Los feriantes dicen que hay poco movimiento, pero que abrir es una ayuda para su economía. La mayoría optó por vender online cuando empezó la cuarentena. Foto: Juano Tesone

“No hay mucho movimiento, pero haber podido abrir es una ayuda económica, sin duda”, reconoce Fabián Torres, de El Puesto 97, ubicado más lejos de la avenida y más cerca de la calle Rosario. También valora volver a tener un punto de entrega de mercadería, que antes sí o sí tenía que enviar. “Capaz alguien viene a retirar algo y se entusiasma acá con otro libro”, cuenta.

Si se cruza la avenida Rivadavia y se sigue por Campichuelo, se desemboca pronto en otra feria de libros clásica: la de Parque Centenario, hoy con diez puestos abiertos, de 45 en total.

Es que, como en el resto de las ferias de libros, los puestos pares abren una semana martes y jueves, y a la siguiente lunes, miércoles y viernes. Ley pareja, y necesaria para mantener la distancia. Pero hay otros motivos por los que hay más puestos cerrados de los que debería: algunos feriantes bajaron la persiana para siempre porque no aguantaron más, otros integran grupos de riesgo ante el coronavirus, y están los que no pueden pagar el transporte no esencial.

“Acá puedo venir caminando, pero hay una vendedora que vive en Santos Lugares y es imposible que llegue sin colectivo ni tren”, remarca Alejandro Funes, del puesto Funes El Memorioso, a metros del acceso oeste al Parque Centenario. “Por suerte pude vender mucho online. Las operaciones por ese canal me aumentaron un 100%”, celebra, aunque también marca el lado B: “Ahí hago en un mes lo que antes vendía presencial en un buen fin de semana. Y las plataformas se quedan con hasta un 30% de lo que facturo”.

Por eso algunos feriantes jamás vendieron online. Como Daniel Piñero, de Addenda Libros, puesto 39 en Parque Rivadavia. “No quise entrar en esa, porque la plataforma te obliga a responder en una hora o a despachar en un día, aunque sea sábado o domingo -explica-. Si no cumplís, la reputación te baja“.

Quienes no atienden sus puestos por estar en edad de riesgo son también los que están más complicados para vender online, por pobre acceso a las tecnologías o a su manejo. Un canal que, además, tampoco es la panacea de los feriantes. El público mayoritario es el que pasa a curiosear y sólo una fracción busca algo puntual o retira una compra virtual.

“La situación en la feria es de vaivén: esta cosa de que un día abrís y otro cerrás afecta a nivel comercial, porque la gente no se acostumbra, no sabe si abrís o no”, explica Mariana Tejada, hace 22 años en Plaza Italia. Brenda Steizelboim, del puesto Tierra de Libros de esa feria, remarca: “Nunca se atendió nuestro pedido de subsidio y la situación es crítica para muchos de nosotros. Todo el mundo recibe una ayuda. Nosotros no vimos ni un bolsón de comida“.

Fuente: Clarín.

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