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El caníbal de Daireaux: un caso que quedó en la historia de la criminología argentina

Un frío domingo del invierno de 2008, un hombre del barrio Don Cándido, ubicado en el pueblo bonaerense de Daireaux , le tocó la puerta a su vecino de 57 años, Raúl Prudencio Piñel. Se sorprendió al ver que quien abría la puerta no era él sino su hijo Raúl Ernesto.

Prudencio había sido abandonado hace años por su familia, que había sido víctima de sus reiterados maltratos. Había sido un hombre violento, y ahora era un hombre solitario.

Su hijo en cambio, recorrió el camino de la delincuencia. En el pueblo se decía que cumplía una condena por robo calificado en el penal de Urdampilleta. Un detalle llamó inmediatamente la atención del vecino: manchas de sangre en la pared, en el espacio que había entre él y el joven de 33 años que abrió la puerta.

El vecino dio aviso a la Policía. Piñel hijo recibió a los oficiales con una macabra sonrisa en el rostro, y las manos manchadas de sangre. La humilde casa de la calle Antártida Argentina emanaba un olor putrefacto. Una frase del hijo terminaría de confirmar que aquello era la escena de un crimen de lo más grotesco: “ahora lo tengo bien adentro”.

Algunas partes del cuerpo descuartizado de Raúl Prudencio Piñel ardían sobre una salamandra, otras estaban repartidas por las distintas habitaciones de la casa. En el piso de la cocina se encontraban las vísceras humanas.

“Un primer informe confirma que lo que se halló dentro de una olla de cocina eran los órganos de la víctima, que habían sido fileteados y salteados a la provenzal”, indicaron los informes policiales del caso. “No hay ninguna duda de que el autor del crimen se comió parte del corazón y de los riñones de su padre. Sólo se encontraron algunos restos en la olla”, ahondaron en detalles las fuentes de la Policía Científica bonaerense.

Piñel hijo se entregó sin resistencia. Los testimonios de los vecinos dieron cuenta del rencor que motorizó el parricidio y que quedó cristalizado en otra frase del homicida: “me las pagaste todas juntas”. La reconstrucción de los hechos indicó que el joven había aprovechado una salida transitoria para visitar a Prudencio, que había tenido lugar una fuerte discusión entre ambos, y que luego el hijo asesinó al padre, y lo desmembró con un cuchillo Tramontina.

El caso, reflotado de vez en cuando por la espectacularidad y el canibalismo, quedó en la historia de la criminología argentina. El humor negro, a la orden, le puso a Piñel hijo el apodo de “el Hannibal de Daireaux”.

Fuente: La Nación

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