Interés General

A 46 años del crimen del Padre Mugica: “Señor, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos”

Lo asesinaron matones de López Rega. Su vida, sus ideas, su entrega.

“Creo que la misión del sacerdote es evangelizar a los pobres… e interpelar a los ricos. Y bueno, llega un momento en que los ricos no quieren que se les predique más, como sucedió en el Socorro cuando me echaron las señoras gordas que le fueron a decir al párroco que yo hacía política en la misa”, decía el padre Carlos Mugica, asesinado el 11 de mayo de 1974 por dos sicarios de José López Rega.  Ese día,  a las 20.15, Mugica salía de celebrar misa en la iglesia de San Francisco Solano –situada en la calle Zelada 4771, en el barrio de Villa Luro–, y estaba a punto de subir a su Renault 4, cuando alguien se bajó de un auto y le disparó cinco tiros. Algunos dicen que le dispararon dos personas: varios reconocieron en uno de los asesinos al subcomisario Rodolfo Eduardo Almirón, vinculado a José López Rega, ministro de Bienestar Social. Muchos años después, un matón llamado José Carlos Junco reconoció ante la Justicia haber participado del crimen. Unos días atrás, Mugica había renunciado a su condición de asesor adhonorem del ministerio, en un proyecto para la construcción de viviendas populares, y había denunciado el “divorcio” entre el gobierno y el movimiento villero. López Rega lo acusó públicamente de haberse quedado con un “vuelto”, justo a él, que abandonaba comodidades para pasar el día y la vida entre los pobres.

Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, un joven de clase alta, hijo de un canciller del gobierno de Arturo Frondizi y de una señora que pertenecía a una familia terrateniente, un “niño bien”, como a él mismo le gustaba decir entre risas, fue amado por los pobres. En 1968 viajó a París para para estudiar Epistemología y Comunicación Social y a Madrid, donde conoció al General  Perón. en París supo de la fundación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo: uno de los impulsores era su amigo, el padre Rolando Concatti, Mugica adhirió de inmediato. A su regreso a Buenos Aires, los padres asuncionistas -a cargo de la parroquia de San Martín de Tours le ofrecieron hacerse cargo de la capilla que habían decidido abrir en la villa de Retiro. Mugica aceptó. Aquella Villa, luego llamada “Villa 31”, hoy lleva su nombre.

Adhirió al movimiento peronista, al mismo que su familia y amigos denostaban, y fue uno de los pasajeros del famoso avión “charter” que trajo al General Perón al país en noviembre de 1972, al cabo de 17 años de exilio. Había conocido a los jóvenes Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus y Mario Firmenich en 1966, cuando era el capellán del Nacional Buenos Aires, y había influido en su formación intelectual. Cuatro años después, aquellos jóvenes luego fundarían la organización Montoneros. Mugica tuvo una relación de afecto con algunos de ellos, pero nunca adhirió del modo explícito en el cual ellos hubieran deseado a la lucha armada, aunque consideraba que ” existe la violencia del sistema, el desorden establecido. Frente a este desorden establecido yo, cristiano, tomo conciencia de que algo hay que hacer y me encuentro entre dos alternativas igualmente válidas: la de la no violencia en la línea de Luther King o la de la violencia en la línea del Che Guevara; hablando en cristiano la violencia en la línea de [el cura guerrillero colombiano] Camilo Torres”.

Cuando Abal Medina y Ramus fueron asesinados en una redada policial (los buscaban por el secuestro y asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu), Mugica brindó misa por ellos. Cuando, en 1973, asumió un gobierno democrático después de siete años de dictadura, Mugica entendió -y lo dijo públicamente- que el camino de las armas, que podía ser admisible para enfrentar a una dictadura, no lo era en un gobierno democrático, y menos que menos en uno liderado por Perón. “Hay que dejar las armas para empuñar los arados”, les dijo. El hecho lo llevó a un durísimo distanciamiento con la llamada “izquierda peronista”. Por eso, cuando lo asesinaron, desde los medios afines a López Rega se intentó, sin mayor éxito, acusar a Montoneros del crimen. Aquí se reproduce un fragmento de una entrevista y su famosa “Meditación en la Villa”, para acercarse un poco a las ideas de un hombre rico que fue amado por los pobres, básicamente porque dio su vida por ellos.

-Cuando usted eligió ser sacerdote no enarbolaba las mismas banderas.

-En efecto. Ingresé al seminario hace 18 años, en 1951, y vivía en esa época, el catolicismo individualista, fiel al slogan “salva tu alma”.

-¿Qué significaba para usted ser sacerdote?

-Salvar mi alma, es decir: ir al Cielo, buscar la felicidad, esa que está en Dios. Evidentemente era bastante egoísta mi actitud, aunque también entonces cambió radicalmente mi vida, porque fue cuando descubrí la alegría de vivir en Dios.

-¿Quién es, qué es Dios?

-Definitivamente, Dios no es una idea sino alguien. Dios es una persona que se entregó totalmente a mí y se dejó matar por mí.  Para mí Cristo es mi Señor, mi amigo, mi maestro, mi modelo de vida. Su entrega tiene un valor especialísimo: Dios es un ser que en lugar de servirse del hombre se pone al servicio del hombre y por eso todo hombre que da su vida por los otros sea un ateo, un marxista, o lo que fuere, ése, verdaderamente se une a Cristo.

-¿Quién consolidó en usted el cambio de actitud que se atribuye?

-Un sacerdote francés, el abate Pierre, de quien todavía recuerdo una frase decisiva: “Antes de hablarle de Dios a una persona que no tiene techo es mejor conseguirle un techo”.

-Es decir que conseguirle techo a una persona ya es hablarle de Dios.

-No nos olvidemos que Cristo curaba a los enfermos, les daba de comer a los que tenían hambre y de beber a los que tenían sed. Y no lo hacía para que después escucharan el sermón sino porque esa es su manera de amar: agarrando al hombre por entero. Antes de ingresar en el seminario yo tenía una visión maniquea de la existencia. El alma era buena y el cuerpo malo. Eso viene de Platón, y se metió en la Iglesia con San Agustín; aún perdura esa concepción, sobre todo en lo relativo al sexo. Pero estamos viviendo un amplio proceso de liberación para desterrar esa actitud individualista del seno de la Iglesia. Antes, como muchos de mis compañeros que luego también evolucionaron, yo estaba preocupado por la salvación de mi alma. Luego empecé a preguntarme ¿por qué salvar mi alma y no mi cuerpo cuando esa división no es, precisamente, una actitud cristiana? En la Biblia no se habla nunca de alma y cuerpo; la Biblia es un libro muy carnal, muy concreto, en el cual se define al hombre como polvo que respira. (…)

El día que cayó Perón fui, como siempre al conventillo y encontré escrita en la puerta esta frase: “Sin Perón no hay patria ni Dios. Abajo los curas”. Mientras tanto, en el barrio Norte se habían lanzado a tocar todas las campanas y yo mismo estaba contento con la caída de Perón. Eso revela la alineación en que vivía, propia de mi condición social, de la visión distorsionada de la realidad que yo tenía entonces, y también la Iglesia en la que militaba, aunque ya por esa época muchos sacerdotes vivían en contacto directo con su pueblo.

-¿Qué papel supone usted que jugó la Iglesia en ese momento?

– Pienso que entonces algunos sectores de la Iglesia estaban identificados con la oligarquía. No digo que la Iglesia volteó a Perón sino que contribuyó a voltearlo. Pero pienso que también había deterioro en las filas peronistas. Creo que el peronismo perdió fuerza revolucionaria desde la muerte de Evita.

-¿Cuál cree que debe ser su verdadero compromiso con los argentinos, con su pueblo?

– Pienso, siguiendo las directivas del Epicospado, que debo actuar desde el pueblo y con el pueblo: vivir el compromiso a fondo, conocer las tristezas, las inquietudes, las alegrías de mi gente a fondo, sentirlas en carne propia. Todos los días voy a una villa miseria de Retiro, que se llama Comunicaciones.

Allí aprendo y allí enseño el mensaje de Cristo.

-¿Qué mensaje?

– Los signos concretos del mensaje de Cristo se pueden detectar cuando Él dice: “En esto se conocerá que ustedes son mis amigos, en el amor que se tengan unos a otros”. Y el índice de mi adhesión al mensaje de Jesucristo es mi amor real, concreto, palpable, por mis hermanos.

Fuente: Big Bang News

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *