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El Teatro Nacional Cervantes fabrica tapabocas en sus talleres de satrería

En los talleres de vestuario del teatro nacional Argentino ahora se fabrican insumos contra la pandemia. Donde antes había figurines, moldes de papel, tijeras y manos artesanales, ahora se trabaja en serie.

En los talleres del Teatro Nacional Cervantes, una docena de empleados han adaptado su rutina de piezas únicas y a medida para fabricar mascarillas a granel. Del taller salen hasta mil tapabocas por día, que luego la provincia de Buenos Aires repartirá en barrios de bajos recursos. El teatro se ha adaptado a la emergencia de la pandemia y hoy saca provecho de su capacidad.

“Nosotros no tenemos el oficio de la producción industrial, así que hemos tenido que adaptarnos. Una vez que le agarrás la mano, el proceso ya es automático”, dice el jefe de vestuario del teatro, Néstor Segovia, un sastre de 60 años que lleva 12 en el Cervantes. Diez personas trabajan a destajo, sobre máquinas de coser, planchas y una cortadora que tuvieron que pedir prestada. El dueño el aparato se llama Ángel García, un vestuarista que llegó hace 22 años de Cuba y trabaja desde 2015 en el Cervantes. “Cuando me plantearon que íbamos a hacer barbijos dije ‘con tijeras no vamos a llegar a ningún lado’. Entonces decidí aportar la máquina que tengo en el taller de casa”, cuenta García.

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Vestuarista de mil batallas, García dice que para un traje de escenario pueden demorar hasta un mes, pero que ahora la idea es ser rápidos y efectivos. Por eso pliega y monta una sobre otras decenas de telas que luego cortará en tiras con su máquina. Más tarde se marcan las tablas que dan a los moldes la forma del tapabocas, se cose el bolsillo donde se pondrá el papel de protección y se pasa por la mesa de planchado. Allí trabajan dos empleadas que poco saben de corte y confección. “Nos mandaron a planchar”, se ríe Silvina Birman, que en tiempos normales asiste a los actores sobre el escenario. A su lado trabaja Ana Salanitro, coordinadora de suministros del teatro. Cuando pidieron voluntarios para hacer barbijos, ambas se anotaron enseguida. “Estamos felices, esto nos cambió el espíritu. Llevábamos sin salir de casa más de un mes y ya no podíamos ver nuestro teatro cerrado”, dice Salanitro.

A unos metros de las planchadoras, Wanda corta con una tijera la tela sobrante de los barbijos y luego los pasa los compañeros de las máquinas de coser. Ellos pondrán “las cintas al bies”, que servirán de amarre. El proceso es en serie, industrial, pero el ambiente es el de un taller de artesanos. Las grandes mesas de corte, los maniquíes desnudos y los figurines de colores colgados en las paredes recuerdan que estamos en un teatro que se ha puesto como pudo parte de la crisis al hombro. Además del Cervantes, los vestuaristas del Teatro Colón también cosen barbijos. Lo mismo los empleados del Complejo Teatral Buenos Aires y de la Fábrica de Banderas de la Ciudad.

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“No hacemos barbijos médicos, sino el tapabocas que el Gobierno exige a la gente para salir a la calle. Toda la producción se repartirá gratis en barrios vulnerables de la provincia de Buenos Aires”, dice la directora de Comunicación del Cervantes, Patricia Pinella. El teatro recibió el modelo de tapabocas desde el ministerio de Salud y una serie de empresas donó las telas. En el sector de lavado aún se amontonan rollos que luego pasarán al taller. Los tapabocas que saldrán de esta jornada de trabajo serán blancos, pero ya se repartieron de colores variados y hasta con dibujos de animalitos de fantasía. “Si la tela es de algodón, sirve”, aclara Birman.

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