Opinión

¿Con las mismas prácticas se llega a resultados distintos?

Alguna vez alguien atravesó su país, llegó a la costa y tomó un grano de sal. El movimiento de masas que desencadenó nos advierte que algo había roto. Una ruptura íntima, una desobediencia frente a una injusticia, hizo de detonante.

¿Por qué hay acciones que nos marginan inesperadamente? ¿Por qué hay acciones que refuerzan oposiciones funcionales al sistema vigente? ¿Qué experiencias pueden ayudarnos hoy a pensar políticas efectivas que desencadenen la salida a la situación de dependencia en la región latinoamericana?

La situación que atravesamos se desarrolla entre crisis y descomposición, por momentos inquietos y confinados, ausentes y presentes, nos esforzamos por hacer lo que antes hacíamos sin siquiera entender si todavía funciona. Entre crisis y descomposición transcurren nuestros días de militancia mientras atravesamos pandemia, urgencias económicas y malestares sobrantes.

Alianzas eficientes, políticas efectivas

El régimen de dominio permanentemente intenta instalar sus “entres” como aporía donde aflora y retiene la iniciativa alguna fracción de burguesía (hegemonías rotas). En tanto, las distintas estrategias populares permanecen enjauladas, procesadas, corporativizadas en un sinnúmero de reivindicaciones que no logran constituir alianzas de clases eficientes para realizar sus intereses económicas y políticos.

En Argentina la aristocracia financiera que desencadenó el agrupamiento político del gobierno anterior, se reinstala al día siguiente de la nueva situación política (mejor dicho, las nuevas situaciones se reinstalan en su esfera de poder). La acumulación que logró la aristocracia financiera no es solo en la valorización, sino también en la capacidad de poder. Sí la nueva situación política está relacionada a una alianza política y social en el gobierno que durante los años anteriores dieron encuentros para constituir esta alianza, cada golpe de “mercado” desgrana a esa alianza.

Por ello los fracasos de proyectos políticos de las fracciones más progresivas (o solo con asiento local) de la burguesía en condiciones de descomposición tienen su nudo en la instancia de pérdida de la misma territorialidad que creía “poseer”. El fracaso político de un proyecto es cosa de hegemonía, conviven con los tiempos de la ausencia de metas de transformación social.

El detenimiento, parcialmente, por parte de las políticas de gobierno a algunos efectos de las leyes de acumulación del capital hoy es valorado desde lo “progresivo”. Aunque sea parte del aferramiento a formulaciones preocupadas por evitar disgregaciones de los agrupamientos que lo sostiene. El ensimismamiento en lo coyuntural corre el grave peligro de la pérdida de la dirección política en las alianzas sociales que lo llevaron al gobierno.

Podríamos plantear una dicotomía a los gobiernos “progresistas” según dos modos de entender la disputa por la direccionalidad económica-social de una territorialidad: o asumen la confrontación social, o solo la “administran” en medidas que elevan las decisiones al terreno del adversario.

Lo efectivo desde las luchas democráticas para el campo del pueblo es resultante de largas artesanías históricas que comprenden acciones corporativas y acciones hegemónicas, tomando el tiempo social a la dominación, siguiéndole el ritmo para lograr políticas efectivas en una serie que logre acumular fuerzas y experiencias como proceso teórico-practico.

Beba Balvé distinguía en los procesos históricos aquellos momentos que hacen a las experiencias de las masas donde se construyen alianzas entre fracciones subalternas. Por una parte, aquella acumulación de experiencias produce desplazamientos de fuerzas y energías sociales que suceden a escala mundial, de allí la tarea de los intelectuales en conservar y transmitir el conocimiento indirecto de estas experiencias a la escala local, a las organizaciones del campo del pueblo. Por otro, el ritmo de esa acumulación de experiencias que puede realizarse entre avances y repliegues contra las condiciones que crean y recrean los grupos dominantes.

Una de las huellas del régimen en la oposición se construye respecto a las experiencias de las masas en la percepción de lo político: teorizaciones que soslayan las confrontaciones.

Los cambios de Gramsci: clausuras y rearmes

¿Por qué Gramsci? Con la emergencia de la hegemonía del capital financiero se desenvuelven discusiones entre intelectuales sobre la derrota y las tareas políticas que imaginaban realizar. Produciendo así lecturas que desencadenaron críticas a prácticas políticas y teóricas que tienen en Gramsci un centro de gravedad. Esta situación de lectura no podemos extrañarla de las relaciones de fuerzas que el mismo autor conceptualizó.

Es un autor nodal en las lecturas que atravesaron América Latina. Varios dirigentes e intelectuales formados en estas lecturas de Gramsci estuvieron vinculados a agrupamientos políticos que alternaron el uso del gobierno a lo largo de las últimas décadas. Tal vez de modo menos central del que parece ser atribuible, pero teniendo en común la búsqueda de una radicalización “dentro” de esos agrupamientos y tomando experiencias políticas a nivel global en dialogo a las suyas. Lo problemático para nuestra percepción está vinculado a los procesos de ruptura (por ausencia).

La relación de fuerza y la situación de lectura de Gramsci las asumimos desde las confrontaciones concretas. Pero no partiendo de la comprensión de lo político autónomamente de lo económico. Ahí donde se imponía un orden económico-social en la estructura social, ahí aparecía la autonomización de lo político en las reflexiones. Esta es la huella del régimen en la oposición, en ciertas lecturas de Gramsci, que abren el periodo que hoy deberíamos medirlo por la influencia en las discusiones entre trabajadores intelectuales, pero también en la inserción de discusiones políticas más concretas.

Esta actitud es un efecto de inconvertibilidad del mismo dominio del capital financiero al desafectar simbólicamente lo político de lo económico, desafectando su estrategia de la territorialidad del estado-nación. Este nudo histórico inaugura un periodo contrarrevolucionario, uno de sus síntomas es la segregación de cuadros políticos e intelectuales. Aquí localizamos la crisis de algunos intelectuales marxistas, desde una mirada del proceso que los constituyó en la doble década 60-70.

También en análisis políticos de corrientes nacionales-populares encontramos la salida cesarista, que Gramsci conceptualizó, cumpliendo la función de modelo en la comprensión y práctica política. La salida cesarista es un momento circunstancial y provisional de la crisis de hegemonía. Lo más interesante nos parece entenderlo desde un momento de fuerte dependencia estructural entre grupos económicos y estado, como también en lazos de dependencia política con regiones o países dominantes.

¿Lo deconstruido en la derrota es aquella tarea que necesitamos para continuar? ¿Qué potencia subversiva tiene la deconstrucción de la derrota en un momento de disgregación y segregación? ¿Clavar fijamente la mirada en las heridas vivas para la construcción de una voluntad colectiva? ¿Qué es primero abandonar la transformación social o transformar la bibliografía obligatoria? Toda nuestra provocación es solo un llamamiento para atar las condiciones concretas, con-texto, allí perdidos en la adoración.

No es cuestión de fetichizar las herencias, de repetir en la imposibilidad de repetir las condiciones. Nuestro tiempo desde un proceso de lucha es por un rearme teórico, por la capacidad de revalorizar la lucha teórica comprendiéndola como ámbito por la conducción del periodo y las masas. En este sentido, la recuperación de Gramsci para dar confrontaciones es una lectura, también presente en el periodo anterior, que continúa incomodando con su retorno a las experiencias revolucionarias.

La crítica de esencialistas a los que luchan, a los amigos del pueblo, cuando la respuesta más clara está en sus prácticas donde ningún resultado estaba asegurado, contiene una injusticia que nos permite otra lectura. Tampoco olvidemos que abandonar las metas de transformación social es el esencialismo en lo anti-esencialista de los confines de los intereses dominantes.

Nudos históricos y eslabones débiles

Los agrupamientos políticos al desasimilar a los grupos aliados pasan a encerrarse en una dirección constreñida, a “soldadanizar” a los dirigidos, seguidores. Esta mirada corta en la acción, reemplaza los comportamientos, las conductas, por maquinarias nada originales de disciplinamiento hasta en las instituciones más democráticas.

Por eso con las mismas prácticas difícilmente se llegue a resultados distintos. Ahí permanecen las estructuras que sólo mantienen un esqueleto, en que un conjunto de “dirigentes” llenan sus grillas de manera burocrática y liberal.

Es necesario no confundir las fusiones con las alianzas. Nuestro posicionamiento es pensar las alianzas dentro de un proceso de lucha y poniendo toda atención en la iniciativa política, no aceptando la conducción desde categorías de pensamiento dominantes. Es en ese interregno de reflexión-voluntad donde los fenómenos morbosos se desenvuelven en el espaciamiento entre lo desalojado, desplazado, y aquello que no puede ser reemplazado progresivamente. Tienen la capacidad de capitalizar, de montaje, sobre la clausura de los proyectos de transformación social, esta capacidad de reinstalar lo “viejo” nos habla de nuestra época.

El extremo de los fenómenos morbosos es conservar el lugar del esclavo en situaciones sin amo, mantenerse-reproducirse en el aspecto subordinado aun cuando existen condiciones objetivas para subvertirlo. Nos preguntaría Fidel, “¿cuándo no lo son?” Y contestaríamos con otra pregunta, “¿existe fuerza social?”

El eslabón más débil es el más lejano al amo, el nudo mejor atado es el que funciona sin amo. Esos son los espacios por resolver, desatar, cuando miramos a donde dirigir las luchas políticas y sociales del campo del pueblo. La hegemonía del capital financiero es atadura a la imposibilidad de construir alianzas de clases eficientes y formar fuerza social con metas en la liberación nacional y social.

Es útil la distinción y articulación que propone Lenin entre lucha democrática, para crear situaciones en que los grupos subalternos tengan peso e influencia en las decisiones políticas, por democratizar la fuerza del estado estableciendo alianzas con otras fracciones sociales, y lucha socialista, contra la opresión del régimen, contra un orden social y por la hegemonía de relaciones sociales de nuevo tipo.

Los aspectos dominantes y subalternos en las contradicciones que vivimos no son eternos ni dependen de algo externo a nosotros. Los desplazamientos en las relaciones de poder, incluso en las alianzas de clases, no implican la aceptación rígida de direcciones, conducciones. Aun cuando el desplazamiento de lo subalterno sea por desiertos donde asumimos el desarme intelectual desde el campo del pueblo.

Desplazarnos hacia los problemas de la conducción es confrontar con los imposibles en la reflexión-acción que instalan las hegemonías rotas. Desplazarnos a los límites de la construcción del sistema vigente consiste en asumir la tarea posible de explotar sus contradicciones internas. Desplazarnos desde un movimiento de masas es el desencadenante de una ruptura íntima, ahí donde podamos abandonar lo que muere del sistema en nosotros.

Héctor L. Santella y Matías O. Feito[i] 

[i] Investigadores del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO, www.cicso.org), Argentina.

 

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